Los límites, las normas claras y sencillas, son tan necesarios para nuestros hijos como los besos, los abrazos, las caricias o el descanso. Los límites con amor son un alimento imprescindible para su cerebro en formación, y yo los pondría al mismo nivel que las rutinas diarias, semanales, estacionales…

Porque el amor que ofrecemos a nuestros hijos procede de tres zonas diferentes de nuestro cerebro. De la parte más profunda o cerebro instintivo, del cerebro límbico o emocional y del cerebro racional o Córtex.

Hay un instinto muy arraigado en nosotros, como mamíferos que somos, de protección a nuestros hijos. Y por ello, cuando nacen los amamantamos, acunamos, lavamos y procuramos su mayor bienestar, atendiendo cada llanto y cada necesidad del bebé. Más tarde, a lo largo de su infancia, los alimentamos debidamente, los llevamos al parque, al colegio, o procuramos que estén en contacto con sus iguales.

Pero también alimentamos sus emociones y su necesidad de cariño y de sentirse amados con abrazos, besos, caricias, juegos compartidos, risas, palabras amorosas…

Por último, pero al mismo nivel de importancia que todo lo anterior, está la necesidad de seguridad que tienen los niños y que nosotros les ofrecemos a través de rutinas diarias, que se conforman con límites a sus deseos, a menudo, en contradicción con estas rutinas.

Los niños deben seguir una vida llena de ritmo, porque el ritmo es muy sanador para ellos, y este ritmo está configurado por horarios de levantarse y acostarse, de comidas, meriendas y cenas, de hacer tareas, de baños y de juego diario…Los límites entran cuando esos horarios quieren ser evitados por nuestros niños. Algo normal y también, por consecuencia, habitual.

Es en esos momentos cuando debemos mantenernos firmes. Lo que no implica, por supuesto, emplear gritos, y mucho menos insultos o cachetes. Pero sí acompañar si tienen una rabieta, sin perder los nervios, pero sin ceder. Es decir, podemos comprender que ellos sientan frustración por no poder hacer lo que desean en ese momento, pero somos sus padres y sabemos, que -por ejemplo- ya es hora de irse a dormir.

No cambiaremos ese horario por su rabieta, pero sí estaremos cerca de ellos con comprensión hasta que se les pase y ya después, abrazándoles, los llevaremos a la cama. A esto es a lo que yo llamo emplear los “Límites con amor”. Quizá no resulte tan fácil al principio, pero os aseguro que, si nos mantenemos firmes, seguros de que es lo mejor para ellos y comprensivos con sus estados emocionales y deseos, las cosas irán funcionando y se irán colocando, poco a poco, como en un puzzle.

Y, un buen día, veremos, en sus vidas ya adultas, que aquellos límites amorosos fueron un pilar muy sólido que construimos bajo sus pies. Porque fueron la base del apego seguro que instalamos en sus almas y que ya, siempre, los acompañará como el mejor regalo, sin duda, que les habremos hecho.