Hace tiempo que vengo observando que algo nos está fallando, como sociedad, como grupo, como familia y, desde luego, como individuo y como ser (humano, por supuesto).

Hace tiempo que observo, también en mí misma, que nos alejamos demasiado de nuestra esencia, para perdernos en disquisiciones más o menos inteligentes y más o menos interesantes, acerca de nuestro papel en el mundo y cómo debemos vivir.

Hace tiempo que observo que ya no nos preguntamos cómo queremos vivir, qué nos hace realmente felices, qué hemos venido a hacer aquí y quiénes somos realmente. Es decir, qué necesitamos para ser felices de veras.

Y no hablo de parecer felices, rodeados de toda esa parafernalia que construimos con casas modernas, coches estupendos, hijos cuasi-perfectos que hablan 5 idiomas y colegios súper exclusivos. Hablo de la FELICIDAD con mayúsculas, es decir, de la serenidad y de la paz interior. Hablo de ser felices cuando estamos solos, cuando vamos a dormir después de un día ajetreado y ya no hay nadie a quien demostrarle que todo nos va sobre ruedas.

He reflexionado bastante sobre el tema. En verdad, hace años que lo vengo haciendo. He buscado, leído, escuchado, pensado, atendido a mi intuición…Y he llegado a una conclusión.

Necesitamos detenernos, vaciarnos de tanto ruido, darnos un espacio y un tiempo para vaciar nuestra mente y detener nuestro cuerpo. Cada día. Y, desde ahí, recibir lo que nos llega.

Porque la sabiduría, lo que necesitamos para ser realmente felices, está dentro de nosotros. Esperando que la dejemos florecer.

La semilla la traemos de fábrica, y florece rápido cuando le dedicamos un mínimo de tiempo diario. Pero ha de ser diario o, cuando menos, casi diario.

Normalmente, sale en forma de intuición. Algo nos dice que debemos tomar esta decisión, que debemos hacer este viaje, dejar este trabajo, visitar a este amigo o reiniciar aquellos viejos estudios abandonados por el camino. A veces, llega a través de una emoción o un sentimiento: me encanta algo que veo hacer, algo que oigo decir, me siento relajada y tranquila paseando por el campo o escuchando el mar…

Después de todos estos años, creo que la intuición es la voz interior que mejor nos guía en el camino hacia nuestra felicidad. Creo que no debemos ponernos plazos, que las prisas son malas consejeras, que esto no va de culpas y de errores que debamos pagar, que la paz interior no tiene precio ni hay por qué aplazarla.

Yo os confieso que he logrado atisbarla cuando me he desprendido de lo externo y me hecentrado en mí. Pero que sigo en este camino de mirarme por dentro; porque es el camino, ahora lo sé. Lo anterior fue necesario para llegar hasta aquí. Y esto es necesario para lo que vendrá.

Os animo a buscar la FELICIDAD, con mayúsculas siempre.